-¿Mañana vendrá a desayunar? -me preguntó mientras yo conducía.
-¿Quién? -le contesté.
-El sol. -me respondió mirando a través de la ventanilla.
-Ah… bueno, no sé… ¿Y cómo bajará? -le seguí el juego.
-Pues con una cuerda. -dijo sin inmutarse.
-Ah, ¿y cómo desayunará? No tiene brazos.
-Pues yo se lo daré.
-Ah, órale, pero… y después ¿cómo volverá otra vez al cielo?
-Yo lo empujaré hacia arriba -volvió a contestar.
-Ya, pero el sol pesa mucho, y tú eres muy pequeña.

Observé por el retrovisor como fruncía el ceño.
Pero a los pocos segundos, por la alegría de sus ojos supe que acababa de encontrar la respuesta.
-¡Pues que se suba con un resorte! -me dijo mientras gesticulaba con sus pequeñas manos.

Y fue justo en ese momento cuando me di cuenta que en aquel coche, íbamos una niña y un adulto.
No porque yo fuera conduciendo y ella detrás, sentada en su sillita, sonriendo, sino porque solo uno de los dos era el que, con cada ilusión, solucionaba un problema.

El sol vendra a desayunar

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